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Color instantáneo.

Twitter/Instagram: @davidson_cale

Vicios

Desde el momento en el que abre los ojos y siente la boca reseca sabe que necesita un cigarro, no importa cuanta sed y hambre sienta, lo único que piensa es en el sabor que el humo del tabaco procesado deja en su boca. El baño, la cocina y la tele son hábitos con los que no consigue distraer su mente. La gente le ha dicho que lo deje de hacer, sin embargo siempre va a ser más cómodo mentirse a sí mismo pensando que los días no pasan y que todo lo que hace daño hoy no va estar presente mañana, como si las consecuencias de la vida ya no aplicaran. 

Es dudoso si es solo un mal hábito o solo un efecto colateral de el ocio que vive día a día. Un cigarro para distraer los pensamientos malos y los nervios que causan los ruidos de la calle, pero el humo no calma el frío que provoca no tener a nadie con quien platicar a la hora de la comida ni con quien dormir, tal vez es por eso que junto a estos hechos, un suicidio parece una mejor idea.   

Cada vez que enciende el cigarro se pregunta si este va a ser el último o si en unos minutos tendrá que ir a la tienda por una nueva cajetilla, teniendo que ver la cara de la joven que se los da, como si verse al espejo no fuera suficiente para recordar que sus días están contados y que la juventud que un día tuvo no va a volver. Qué pasaría si duerme con el cigarro encendido en el sillón junto con un vaso de brandy que se derrama en sus ropas, será que esta chica llorará por su muerte, sabía que su familia lo haría, al menos por un cierto tiempo, hace meses que ya no recibe visitas de nadie, ni siquiera de sus hijos, a los que por más de 20 años procuro para que tuvieran todo lo que no tuvo, los hijos que amó. 

Qué más da si muere hoy o dentro de unos días, cualquier cosa es mejor que la soledad.

Otra patria distinta

Ciudad de México, 22 de octubre de 1982

Tras recibir la Orden del Águila Azteca en grado de insignia.

En el salón Venustiano Carranza de Los Pinos, ante el presidente de la república José López Portillo y el canciller de Colombia, Rodrigo Lloreda. Como indica el protocolo, el canciller de México, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, le impuso la orden. Ésta es la máxima condecoración que el gobierno mexicano concede a un extranjero.

Recibo la orden del Águila Azteca con dos sentimientos que no suelen andar juntos: el orgullo y la gratitud. Se formaliza de este modo el vínculo entrañable que mi esposa y yo hemos establecido con este país que escogimos para vivir desde hace más de veinte años. Aquí han crecido mis hijos, aquí he escrito mis libros, aquí he sembrado mis árboles.

En los años sesenta, cuando ya no era feliz pero aún seguía siendo indocumentado, amigos mexicanos me brindaron su apoyo y me infundieron la audacia para seguir escribiendo, en circunstancias que hoy evoco como un capítulo que se me olvidó en Cien años de soledad. En el decenio pasado, cuando el éxito y la publicidad excesiva trataban de perturbar mi vida privada, la discreción y el tacto legendario de los mexicanos me permitieron encontrar el sosiego interior y el tiempo inviolable para proseguir sin descanso mi duro oficio de carpintero. No es, pues, una segunda patria, sino otra patria distinta que se me ha dado sin condiciones, y sin disputarle a la mía propia el amor y la fidelidad que le profeso, y la nostalgia con que me los reclama sin tregua.

Pero el honor que se confiere a mi persona no sólo me conmueve por tratarse del país donde vivo y he vivido. Siento, señor presidente, que esta distinción de su gobierno honra también a todos los desterrados que se han acogido al amparo de México. Sé que no tengo representación alguna, y que mi caso es todo menos que típico. Sé también que las condiciones actuales de mi residencia en México no son las mismas de la inmensa mayoría de los perseguidos que en esta última década han encontrado en México un refugio providencial. Por desgracia, perduran aún en nuestro continente tiranías remotas y masacres vecinas que obligan a un destierro mucho menos voluntario y placentero que el mío. Hablo en nombre propio, pero sé que muchos se reconocerán en mis palabras.

Gracias, señor, por estas puertas abiertas. Que nunca se cierren, por favor, bajo ninguna circunstancia.

-Gabriel García Márquez

Texto incluido en Yo no vengo a decir un discurso.

I don’t think I even breathe when we’re not together. Which means, when I see you on Monday morning, it’s been like sixty hours since I’ve taken a breath.

Eleanor&Park (via complx-paradox)

Lunes santo.

(Fuente: instagram.com)

Vigorous writing is concise. A sentence should contain no unnecessary words, a paragraph no unnecessary sentences, for the same reason that a drawing should have no unnecessary lines and a machine no unnecessary parts. This requires not that the writer make all his sentences short, or that he avoid all detail and treat his subjects only in outline, but that every word tell.

Strunk and White, Elements of Style.

Always a good reminder, and a reminder that you can download Elements of Style for free. PDF | eBook

(via futurejournalismproject)